Gutiérrez de la Vega, una bodega para el deleite de los sentidos

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Texto: Iza Święcicka; Fotografías: J. V. Rodríguez

La bodega Gutiérrez de la Vega, cuna del Casta Diva, propiedad de Felipe Gutiérrez de la Vega y su mujer Pilar Sapena, se encuentra en un pequeño pueblo montañoso de la Marina Alta, Parcent. Este año diez de sus vinos sobrepasaron la puntuación de 90 puntos en la publicación Wine Advocat de Robert Parker. Su fondillón Recóndita Armonía 1987 alcanzó 96 puntos y su blanco Esencial llegó a los 95. Es un resultado histórico para la bodega. “Todo esto ocurre en base a mi trabajo de 40 años, los conocimientos que le he transmitido a mi hija Violeta -enóloga de la bodega- y la formación que ha recibido ella”, subraya el bodeguero.

La Bodega Alicantina Gutiérrez de la Vega 01La casa donde se asienta la bodega, fue proyectada por Don Felipe. Su diseño es un homenaje a la tradición, tanto de la cultura mediterránea de la zona, como  a la del mundo árabe, que “a través de los moriscos era el sustento de la agricultura y muchos oficios como carpinteros, herreros y artesanos”, recuerda  el bodeguero. Los árabes fueron los primeros en destilar vinos y hacer mistelas. También, construyeron los abancalamientos característicos de la zona norte de la provincia y “que ahora se están derrumbando por el desconocimiento de lo que supone este patrimonio”, lamenta D. Felipe en el patio morisco de la bodega.

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Desde la entrada, el olor a vino se mezcla con los sonidos de las cavatinas, entre ellas, la favorita de D. Felipe, Casta Diva, de la opera Norma de Bellini, que dio su nombre a uno de sus tres vinos dedicados a este mundo. Pero su pasión por la música, no solo está reflejada en la opera, sino también en  canciones como Imagine de John Lennon o Tambourine de Bob Dylan. Además, a la música le acompaña la literatura. Los títulos de las  grandes obras literarias como Ulises de Joyce, Rojo y Negro de Stendhal o El Príncipe de Salinas de Lampedusa prestan sus nombres a los vinos de la bodega.

La Bodega Alicantina Gutiérrez de la Vega 04Pero a música y literatura, se les une la pintura que se emplea en las etiquetas de las botellas. El Casta Diva Dulce de Moscatel está decorado con la imagen de La Dama con Armiño de Leonardo Da Vinci, ya que “representa la pureza que quiero darle a esta variedad uva”, explica el bodeguero. En otra referencia se emplea un cuadro que representa un poema de Dylan Thomas, el cual se ha modificado cambiado un árbol con nieve por un olivo. “Para mí, representa el sabor que coge el vino de la tierra”, matiza D. Felipe. La etiqueta de Viña Ulises está decorada por el cuadro de un amigo del bodeguero, Richard Hamilton, que junto a Andy Warhol, fue un representante del movimiento artístico Pop-Art. Es un lienzo, donde el autor hace un recorrido por todas las épocas del arte, desde la egipcia hasta la romántica. “Un alegato al Ulises de Joyce y de Homero”, añade el bodeguero. Las diferentes expresiones del arte se compenetran con el mundo del vino.

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En la sala de barricas, situada a seis metros bajo tierra, la música de opera nunca deja de sonar. Pero, en este punto, al arte se le une la ciencia. La sala tiene dos pasillos con barricas distribuidas en función de las líneas del campo magnético de la tierra. “Esta distribución sirve para minimizar la actividad magnética que afecta más a los vinos tintos, porque tienen en suspensión hierro y otros minerales cargados eléctricamente”, explica el bodeguero. La temperatura del calado de la bodega es constante durante todo el año a 14 grados. “Cuando el vino a esa temperatura se comienza a calentar hasta 16-17 grados, que es su temperatura ideal, el vino cambia. Y si alcanza 22 grados, también se transforma. Los franceses dicen que un mismo vino a tres temperaturas distintas, son tres vinos diferentes”, concluye Felipe Gutiérrez.

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La bodega trabaja con las variedades Monastrell, Cabernet Sauvingon, Giró –un tipo de Garnacha- y Syrah para los tintos, y con Moscatel para los blancos. Para la crianza de los vinos emplea no solo barricas de roble francés y americano, sino también húngaro o del Cáucaso. El motivo es que el mismo vino, criado en diferentes barricas, es distinto. “El roble francés da sabor a miel, el americano a coco y vainilla, y el caucásico a piel de melocotón. Después yo hago como el cocinero, lo junto todo a mi gusto y lo guiso”, matiza D. Felipe. Algunos de estos guisos llegaron a la mesa real. El Casta Diva Reserva Real 2002 se sirvió en la boda de los Príncipes de Asturias Don Felipe y Doña Letizia, como vino de postre.

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La visita a la bodega no es solo un viaje en el tiempo, sino también un recorrido por el arte, porque como confiesa el bodeguero, “mi idea fue personalizar el vino y darle un realce importante. Pero porque era para mí y me gusta hablar de literatura, de poesía, música y pintura”. Gracias a esta forma de entender el vino, la bodega es un lugar, donde se activan los sentidos. El oído para escuchar, la vista para admirar la arquitectura, la pintura y la literatura y el olfato para disfrutar de los olores de la bodega y el vino. También el sabor si uno se decide a catar. Como dice Don Felipe, despidiéndose en la puerta: “El vino es solo la excusa para hablar sobre arte.”

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