La sequía y la vid en el Levante español

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Iza Święcicka

Hace un año los titulares de la prensa alarmaban de que las provincias de la Comunidad Valenciana, sobre todo Alicante, y la región de Murcia pasaban por la peor sequía desde que se establecieron los registros meteorológicos en el año 1893, según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). Entre los cultivos de secano más castigados se hallaban los cereales, los olivares y los almendros, pero también la vid. En algunas zonas, como ejemplifica Juan José Pajares, ingeniero técnico agrícola de Bodegas del Rosario en Bullas, el año pasado hubo a nivel de uva entre un 50 y un 60 por ciento de pérdida de cosecha con respecto a un año normal. ¿Pero qué consecuencias más tiene la sequía sobre la vid?

Como explica Rafael Martínez Font, profesor de Viticultura en la Escuela Politécnica Superior de Orihuela (EPSO) de la Universidad Miguel Hernández de Elche, cuando se habla de sequía, “lo primero que tenemos que hacer es saber a qué terreno nos estamos refiriendo”. La sequía en Borgoña, en Burdeos o en Ribera del Duero, no tiene nada que ver con la sequía en Pinoso, Alicante, Bullas o Jumilla. “En aquellas zonas pueden tener entre 500-600 milímetros de lluvia anual mientras que en esta región, un año bueno, puede alcanzar los 300. Con esta cantidad de agua, la planta vive, vegeta y puede fructificar. Pero si esos 300 milímetros caen en los momentos buenos, siempre habrá uva de calidad”, aclara el profesor.

Sin embargo, como relata José Juan Pajares, en la zona de Bullas donde lo normal es que haya una pluviometría de entre 250-280 litros por metro cuadrado, el año pasado durante la época más importante de cultivo de la viña apenas cayeron 40, repartidos en varios meses. En las zonas más secas la viña prácticamente no brotó, o si lo hizo fue como mucho 10 centímetros y así se quedaron. Con ello, en esa zona, la producción fue cero. Hubo otras zonas un poco más altas donde los suelos son un poco más frescos y pedregosos, que retienen más la humedad y lo poco que llueve se aprovecha más, donde las viñas brotaron en condiciones algo más aceptables, pero igualmente la producción fue entre un 30 y un 50 por ciento inferior a lo habitual, resalta el ingeniero técnico agrícola.

Lluvia sí, lluvia no

Los momentos buenos para la lluvia se producen durante la parada vegetativa de la planta y durante el lloro de la vid. “Si tengo una buena reserva de agua o me cae una buena pluviometría desde lloro hasta brotación, es decir, si llueve 5 o 6 días antes de que la planta brote, es estupendo para la planta, porque la planta hace el desborre de forma más fuerte, saludable y vigorosa. Además, en 30-40 días, si sigue lloviendo y no es muy fuerte, también es bueno para la viña”, detalla Rafael Martínez.

En cuanto a las reservas de agua, Juan José Pajares apunta que por ese motivo son tan importantes las lluvias de otoño. “Los agricultores en nuestra zona dicen que es fundamental que la viña se otoñe. Es decir, que en otoño tiene que llover bastante para que el suelo se humedezca, se conserve esa humedad y cuando llegue finales de invierno, inicio de primavera, y la viña empieza a moverse, tenga esa humedad para poder brotar”, explica el ingeniero técnico agrícola. Pero, el año pasado como no llovió nada, la viña ni siquiera lloró.

No obstante, si llueve mucho pueden suceder problemas de oidio y mildiu. Además, cuanta más vegetación tiene la planta, más hay que controlar los efectos de la lluvia sobre ella. La mejor época para la lluvia es siempre entre parada vegetativa a desborre, o justo antes de floración, pero nunca durante la floración porque se produce una caída del capuchón (caliptra) ocurriendo una mala fecundación que ocasiona mala cosecha. “Cuando hay lluvia, la humedad relativa es muy alta y se produce  dehiscencia (los granos de polen que tienen que fecundar el pistilo, se pegan unos a otros y no se disgregan) que es mala para la floración”, puntualiza el profesor. Por lo tanto, entre floración, polinización y cuaje es mejor que no llueva.

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Rafael Martínez imparte clases de viticultura en la EPSO y aconseja diseñar un sistema de riego localizado a modo de precaución en las nuevas plantaciones. /LBA

Una vez que la flor cuaja y se convierte en un fruto pequeño (periodo herbáceo de crecimiento que ocurre a finales de mayo), hasta finales de junio o principio de julio, también es bueno que llueva dentro de unos límites. A partir de mediados de julio es preferible la sequía, ya que como explica Juan José Pajares, “es fundamental que en la época entre envero (cambio de color) y maduración, haya cierto estrés hídrico sin ser excesivo para obtener uva de calidad, porque si la planta se estresa demasiado no sintetiza los compuestos que interesan”.

En climas como el mediterráneo, las lluvias suelen ser en primavera y en septiembre. Las lluvias en septiembre perjudican la vendimia porque el agua se mete en las bayas, disuelve los solutos, se agranda el tamaño de baya y, en muchos racimos de uva, las bayas se rajan. Y ahí llega el problema de la podredumbre, apunta Rafael Martínez. El año pasado los viticultores no solo se encontraron con el problema de la sequía, sino también con que en septiembre llegaron las lluvias. En esta situación, como matiza el profesor, era preferible hacer la vendimia antes de llover ya que el grano de uva va a diluir la poca maduración que tiene. Debido a la sequía que la planta sufrió desde finales de julio hasta septiembre, se paró. Su actividad vegetativa se ralentizó hasta un mínimo y la planta entró en dormancia antes de tiempo.

“En estas condiciones, la vid se para y la uva no logra madurar como nosotros queremos. La maduración debe ser lo más prolongada posible. Cuánto más alta es la temperatura, más corto es el periodo de maduración. Entonces si tiene que llover es preferible que lo haga en agosto, pero no en época de vendimia”, recalca el profesor. Sin embargo, una vez terminada la vendimia es interesante que si no llueve, tener la posibilidad de regar la viña, porque es la segunda época en la que las raíces se vuelven a desarrollar, justo antes de tirar la hoja. Y ahí tampoco debe faltar el agua, apunta José Juan Pajares.

Acidez y compuestos polifenólicos

La parada vegetativa provocada por la sequía hace que la planta no sintetice los compuestos necesarios para que la uva tenga una buena maduración. Como apunta Rafael Martínez, la sequía es el peor enemigo de la planta a la hora de conseguir acidez porque la degrada. “La combustiona porque como hace mucho calor, si no hay agua disponible para que la planta fotosintetice, consume la respiración. Es decir que la planta consume sus reservas. Lo primero que hace es degradar azúcares y ácidos. Por eso la acidez en veranos fuertes con sequía es prácticamente 3-4 gramos por litro”, explica el profesor.

En cuanto a los compuestos aromáticos también salen perjudicados porque la madurez se arrebata. Si una variedad debe tener un periodo de maduración desde envero hasta recolección de 40-50 días, un periodo de sequía extrema en el mes de agosto y parte de septiembre, lo que hace es que esa madurez se transforme en una de tan solo 25-30 días. Al arrebatarse esa madurez, la madurez polifenólica o los precursores de compuestos aromáticos nunca llegan a sintetizarse. Por eso se dice que la uva que ha tenido una maduración muy corta, tiene aromas a cocinado, porque los precursores aromáticos se calcinan. Lo último que sintetiza la planta son los compuestos aromáticos, casi al final del periodo de maduración. Primero azúcar, luego color y por último la retención de ácidos y los compuestos aromáticos, detalla Rafael Martínez.

Además, el año pasado la uva se consumó muy pronto, concentró el azúcar y se comenzó a pasificar. Esta fue otra razón por la cual hubo que adelantar la cosecha. “Tuvimos un descenso de producción brutal. La uva además tuvo una graduación alta, pero esto no era un indicativo de calidad porque ese grado se había conseguido con un ciclo inadecuado. La uva necesita su tiempo para coger grado y asimilar polifenoles y otros compuestos. No fue un año de calidad en ese sentido. Si es cierto que la uva que se vendimió llegó muy sana a bodega, sin problemas de hongos, porque no había humedad ninguna. Nunca hay dos vendimias iguales”, relata según su experiencia José Juan Pajares.

La cosecha del próximo año

La vid es una planta bianual. Con la sequía, cuando el crecimiento de la planta se ralentiza y la vid entra en estado de reposo, sucede que las yemas latentes de este año que nos darán la cosecha del año siguiente, maduran antes. Los pámpanos serán menos vigorosos y más delgados. “Esos brotes que llevan la fruta y las yemas latentes del año siguiente, son más débiles porque la planta no tiene la fuerza necesaria para dar sarmientos gruesos, bien agostados y lignificados. Es decir, hay una peor maduración de la madera por las condiciones extremas de sequía. Este hecho repercute en que la fertilidad de los sarmientos que ha producido la planta ese año, baja considerablemente. Y la fertilidad se traduce en las yemas con lo cual la calidad seguirá siendo buena, pero la cantidad de cosecha será inferior”, destaca el profesor.

Es un factor a tener en cuenta a la hora de podar en invierno. Para paliar la debilidad de la planta que ha sufrido los efectos de la sequía extrema, el profesor recomienda podar a un menor número de yemas porque la planta no tiene ni la vigorosidad ni la fertilidad en sus sarmientos que debería tener en condiciones normales. De este modo se equilibraría la carga de la planta adecuándola a su realidad.

Durante una sequía extrema la vid se para y la uva no logra madurar, apunta el profesor

Asimismo, la zona donde esté plantado el viñedo condiciona la cosecha del año siguiente. Juan José Pajares explica que “en las zonas altas, a pesar de que la sequía se notó, la viña brotó con cierta gracia y tuvo sus sarmientos por lo que diferenció con cierta normalidad las yemas que este año son las que han brotado. En esas parcelas, como en otoño llovió no excesivamente, y en marzo hemos tenido la bendición de que lloviese en abundancia (más de 100 litros), creemos que habrá una cosecha bastante aceptable. En las zonas donde la viña sufrió mucho y no brotó o tuvo sarmientos de 5-10 cm, evidentemente no podemos esperar uva porque no va a haberla”.

“En el campo se dice que la viña aguanta mucho y se recupera, pero tras dos años de sequía habría muerto, por lo menos en esas zonas donde este año no esperamos tener uva. Afortunadamente, esperamos que la cepa reviva y el año que viene sea otra cosa. Este año, en cualquier caso, no va a haber una cosecha normal del cien por cien respecto a lo que solíamos tener. Va a seguir habiendo una merma que arrastramos del año pasado”, pronostica el ingeniero técnico agrícola.

Variedades y sequía

La Monastrell es por excelencia la variedad autóctona del Levante español. Por lo tanto, es una planta que está mejor adaptada a la sequía que otras porque tiene el porte más erecto con lo cual se separa del suelo mucho mejor que las otras variedades. Como explica el profesor Martínez, cuanta más sequía y calor hace, la irradiación del suelo hacia la fruta lo que hace es combustionar el ácido. De ese modo, la Monastrell cuenta con esa ventaja y no se ahoga. Otra de las variedades tintas que destaca sobre todo en la provincia de Alicante es la Garnacha. Y aunque funciona de forma parecida porque es una variedad mediterránea, no tolera igual la sequía en el Levante español que la Monastrell, subraya el profesor.

En cuanto a las variedades blancas, la Moscatel necesita más de humedad y no está tan bien adaptada al secano estricto. Como ejemplo el profesor destaca que la mejor Moscatel de la provincia de Alicante está en la comarca de La Marina, donde hay una pluviometría cercana al doble que la de Pinoso o Villena. Además, esta zona se caracteriza por las brisas de Levante y la humedad relativa más alta. Si bien, en ese sentido, presenta otros problemas como hongos y podredumbres. Pero la Moscatel no está tan bien adaptada a la sequía como puedan ser la Monastrell o la Garnacha. “Las variedades blancas por su propia genética sufren más en sequía que las tintas”, detalla Rafael Martínez.

El caso de Bullas

En Bullas, la Monastrell es la variedad mayoritaria en secano. Sin embargo, “las variedades en regadío que se plantan en zonas más frescas, en espaldera y con gotero, como la Syrah, que han aguantado un poco mejor, si bien por mi experiencia sé que esa variedad es bastante delicada a la falta de agua”, comenta Juan José Pajares. En una variedad donde se ha notado mucho el descenso de producción, aparte de la Monastrell, ha sido en la blanca Macabeo. Ésta es una variedad muy productiva que en ciertas parcelas aun cuando no llovía demasiado daba producciones razonables, pero el año pasado descendió más del 60 por ciento, relata el ingeniero técnico agrícola.

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Imagen de un viñedo de Monastrell en Bullas. /LBA

No obstante, la Tempranillo sorprendió a todos ya que ha aguantado mejor la sequía que la Monastrell. “En esta profesión todos los años se aprende algo nuevo porque la Tempranillo en teoría es de zonas más frescas y no del perfil de variedad de nuestra zona. Curiosamente, en Bullas he comprobado que este año de sequía extrema, la Tempranillo ha aguantado mejor que la Monastrell en cuanto a vegetación y a carga de cosecha”, resalta Juan José Pajares.

La edad del viñedo

Los problemas de sequía influyen menos a las cepas viejas en secano y en vaso que son capaces de dar cosecha prácticamente de la misma calidad un año bueno y otro regular. Como explica el profesor Martínez, el motivo de que las fluctuaciones de sequía les perjudiquen menos se debe a que su sistema radicular está muy profundo en el subsuelo y son capaces de extraer la poca agua que necesitan. Las cepas jóvenes están en periodo de colonización y por tanto si hay lluvia buscan el agua en las capas superficiales. Si al año siguiente hay un periodo de sequía extrema, no van a poder disponer de esa agua y se van a notar altibajos en la producción y en su calidad. Además, esas cepas al no tener el sistema radicular lo suficientemente maduro para aguantar la sequedad son las primeras que mueren.

También, otra cosa a tener en cuenta son los patrones. Todos los procedentes de parentales tipo Rupestris, es decir, un 110R o 110Richter (Berlandieri Ressenguier nº 2 X Rupestris Martín), un 1103P o 1103Paulsen (Berlanderi Resseguier núm. 2 X Rupestri de Lot), un 140R o 140Ruggieri (Berlandieri Resseguier núm. 1 X Rupestris de Lot) o un 99R o 99Richter (Berlandieri Las Sorres x Rupestris de Lot) son los mejores adaptados para el Levante español. “Todo lo demás necesita más humedad en el suelo”, destaca el profesor.

Soluciones

Para contrarrestar los efectos de la sequía una de las posibles soluciones reside en implantar un sistema del riego localizado.  “A pesar de que se cultive en secano, siempre he sido partidario de tener un sistema de riego localizado de apoyo para evitar que la uva por extrema sequedad en periodo estival no alcance su madurez”, destaca Rafael Martínez. Además, el profesor aconseja, a la hora de realizar una plantación desde el principio, diseñar un sistema de riego localizado a modo de precaución, con la condición de disponer de una fuente de agua en momentos puntuales.

“Si no se usa, perfecto. Pero si en un momento determinado hay que usarlo, ahí está. Y como la cepa es joven, si la acostumbramos a que se quede cerca del gotero, siempre tendríamos que usar ese sistema de riego por goteo, porque las raíces se acostumbran a buscar el agua en ese punto y no van a buscarla en el subsuelo. Hay mucha gente que no es partidaria del goteo porque dicen que las raíces tienen que buscar el agua aunque sea a 6-7 metros de profundidad. Sin embargo, de esta manera nunca seré capaz de controlar la planta, sino que será ésta la que responda según la climatología”, apunta el profesor.

Como curiosidad Juan José Pajares destaca que, en las zonas de espalderas con riego por goteo a las que se les suministró agua periódicamente para compensar la falta de lluvia, incluso regando, la producción disminuyo un 25 por ciento. Al parecer, aunque se riegue, el agua de lluvia es imprescindible para el viñedo.

Adrián Martínez Cutillas apuesta por los cruzamientos de Monastrell para obtener nuevas variedades de ciclo más largo y con buenas propiedades organolépticas.
El IMIDA apuesta por las hibridaciones de Monastrell para adaptarlas a las zonas áridas de Levante. En la imagen, Adrián Martínez Cutillas muestra las instalaciones donde se realizan los ensayos. /LBA

Igualmente, Rafael Martínez resalta que, cuando las cepas de 20-25 años que están acostumbradas al secano puro y están en vaso como la gran mayoría de la Monastrell en Alicante y Murcia, el poner uno o dos goteros no va a corregir el problema al cien por cien porque no se sabe con seguridad donde están las raíces que van a absorber el agua y los goteros han de colocarse como mucho a medio metro del tronco. “De esta manera aliviaríamos el problema, pero no lo solucionaríamos en un año. Tendríamos que repetir esa experiencia a lo largo de un ciclo de 4-5 años hasta que la planta intentase buscar donde está el bulbo de ese gotero”, subraya el profesor.

De cara al futuro y con el cambio climático en el horizonte, la solución puede residir en los programas de mejora genética, como el proyecto desarrollado por Adrián Martínez Cutillas, director del Instituto Murciano de Investigación y Desarrollo Agrario y Alimentario (IMIDA), que trabaja las hibridaciones de Monastrell con otras variedades de tipo mediterráneo, para adaptarlas a zonas áridas. “Se han hecho hibridaciones de Monastrell con Syrah, conjuntando la calidad de la uva Syrah con la adaptabilidad al medio y la resistencia a una sequía intensa durante el verano de la Monastrell. Parece ser que esa es la mejor solución que tenemos y funciona bien. Ahora queda probar los vinos a nivel comercial”, concluye el profesor.

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